Dejame decirte que la simplicidad del tiempo no me asusta más. Que para mí es sólo un silencio conmocionado, aturdiendo lo cotidiano de ayer. Que las veredas se caen en el asfalto, vidrieras recién armadas y todo, es humedad. Bestias, igualitas todas, de esas de metal que llevan su nombre tatuado en la frente, qué coagulan la angostura de las calles y a su pesar, desperecen las pegatinas nocturnas de paredes, ajenas y mentirosas.



